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Historia: La mota blanca que no estaba de adorno

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Durante buena parte del siglo XX, abrir un frasco de pastillas exigía cumplir un pequeño ritual: desenroscar la tapa, sacar una mota de algodón y, solo entonces, llegar al medicamento.

Muchos creían que aquel algodón absorbía la humedad. Su oficio principal, sin embargo, era otro: impedir que las tabletas viajaran sueltas, chocaran entre sí y llegaran rotas o convertidas en polvo.

La costumbre se hizo especialmente conocida con los frascos de Aspirina Bayer. La historia había comenzado en 1897, cuando el químico Felix Hoffmann obtuvo en los laboratorios de Bayer, en Alemania, una forma estable y pura del ácido acetilsalicílico. La marca Aspirina fue registrada en 1899 y el producto se vendió inicialmente en polvo; un año después apareció en tabletas. En 1915 comenzó a comercializarse directamente al público en Estados Unidos, donde Bayer tenía una planta en Rensselaer, estado de Nueva York.

Las tabletas de aquella época eran más frágiles y los envases dejaban bastante espacio libre. La solución fue tan sencilla como ingeniosa: poner algodón en la parte superior para inmovilizarlas durante los viajes desde la fábrica hasta la farmacia. Esa pequeña almohada reducía los golpes, las fracturas y el desprendimiento de partículas.

No era un asunto meramente estético. Una tableta rota podía dificultar la administración de una dosis completa. En las tabletas con recubrimiento entérico, incluso una pequeña fisura podía alterar la protección concebida para que el medicamento atravesara el estómago y se disolviera más adelante, en el intestino. Bayer todavía utiliza algodón en algunas de estas presentaciones precisamente para disminuir el riesgo de daño durante el transporte.  

Con los años, la tecnología farmacéutica mejoró. Las tabletas adquirieron mayor resistencia, aparecieron recubrimientos más firmes, los recipientes se ajustaron mejor al contenido y los sistemas automatizados de empaque permitieron controlar con mayor precisión el viaje del producto. En varias presentaciones, los estudios demostraron que retirar el algodón no aumentaba las roturas, de modo que aquella mota blanca comenzó a desaparecer.  

También se aclaró una confusión frecuente: el algodón no reemplaza al desecante. La pequeña cápsula o bolsita que absorbe humedad cumple una función distinta y debe permanecer dentro del envase cuando así lo indica el fabricante. El algodón, en cambio, puede retirarse después de abrir el frasco. 

Así fue perdiendo su empleo uno de los personajes más familiares de la farmacia doméstica. No contenía principio activo, no calmaba el dolor ni aparecía en la fórmula. Pero durante décadas cumplió una tarea discreta y esencial: lograr que las pastillas llegaran enteras. La mota blanca, en efecto, no estaba de adorno.

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